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Las Cachúas de Cabral: Su Evolución Histórico-Social (1 de 2)


Las Cachúas de Cabral:
Patrimonio Cultural del Municipio de Cabral y de la República Dominicana

Por Werner Darío Féliz

Al marcar las doce de la media noche del Viernes Santo, en Cabral, en la región Suroeste, el silencio nocturno es roto por el estridente sonido de un látigo. En las calles semi oscuras puede verse salir de entre las sombras a unas figuras con disfraces con alas de murciélagos y caretas multicolores adornadas por musicales cabelleras de papel vejiga. Es una madrugada que la gente duerme y entre sueños escucha el feliz repiquetear de los fuetes y sabe que al despuntar el alba cientos de adultos y niños poblarán cada rincón de ese pueblo, en una alegre y poco explicada fiesta que se extenderá por tres hermosos días, aquellos en que Las Cachúas dominarán el escenario.

Esta es una celebración que traspasa el tiempo y la memoria de los ancestros, sin que nos hayan legado cuándo y cómo inició; nuestros viejos, como Belisario Féliz, solo nos dicen que a su niñez ya Las Cachúas tenían años de existencia. Lo que si sabemos que esa cachúa del siglo XXI, la que ha sobrevivido a los siglos, ha evolucionado, tanto en el disfraz, la careta, los días de celebración, como en su comportamiento social.

Hay que repetir que hasta ahora el origen de Las Cachúas es completamente desconocido. Los documentos que han llegado hasta nosotros relativos a la región, producidos en el siglo XIX y en la primera mitad del XX, no mencionan la celebración y aun los pocos que existen en el ayuntamiento de Cabral no hacen referencias a ellas. De allí que la reconstrucción de su devenir histórico-social ha sido posible gracias a la dilatada tradición oral.

Se ha sostenido que Las Cachúas tienen un origen afro, y así fue demostrado por el sacerdote sairense Pedro Muamba Tujibikile en su trabajo Las Cachúas, publicado en 1992. Él analizó el significado de cada elemento que compone su disfraz, careta y fuete, sus colores y formas, asociándolo con las culturas africanas. Nosotros, aceptando la opinión de nuestro sacerdote, hemos lanzado la hipótesis, en el libro Historia del Pueblo de Cabral, de que su origen hay que buscarlo en las costumbres de los cimarrones del maniel de Neiba, asentados en Los Naranjos en 1791 e integrados a Rincón a partir de 1810. Todo indica que muchos de ellos se integraron al sitio Los Botaos. Así, tal vez nuestras Cachúas surgieran de allí, y sean más bien Cachúas botaeras.

Las referencias orales indican que en los primeros años del siglo XX Las Cachúas no tenían mucha definición, no se recuerda a plenitud la forma del disfraz y es sabido que algunos se cubrían el rostro con cueros de chivo o de res y caparazón de hicoteas, otros construían las caretas en madera e incluso se llegó a emplear el cráneo de algún animal, incluyendo el caimán, muy común en la laguna de Rincón. Estos eran implementos naturales propios de la región.

La opinión común más socorrida es que los cambios en Las Cachúas fueron introducidos por el inmigrante puertoriqueño-bayamonense Ramón Suárez Rodríguez, quien arribó al pueblo aproximadamente en 1902 y se naturalizó dominicano en 1903. Ramón Suárez era un habilidoso y creativo ebanista-carpintero-albañil, quien poseía divinas manos para tallar maderas. Aunque tal vez muy pocos trabajos atribuidos a él se conocen, es sabido que el bello altar de vieja iglesia y el propio templo, fueron levantados por él y los que lo recuerdan le atribuyen una sobria exquisitez que traspasaba la pobreza de la localidad. El legado a su familia señala que era un diestro artesano y poseía un profundo amor por la cultura, siendo además, de sentimientos sensibles, pues su muerte, según se ha expresado, fue debido a una profunda “precundía” o tristeza y depresión, tras el fallecimiento de su primer vástago nacido en Cabral.

Se ha aceptado, aunque no se sabe cuándo, que la forma del disfraz, con sus características alas de murciélagos fueron innovadas por él, en consonancia con lo vivido en Ponce, pues en aquella ciudad el vestido de los Vejigantes emplean alas similares a las de Las Cachúas. Asimismo, su creatividad de artesano imprimió cambios en la careta, al emplear papeles multicolores para su adorno. A partir de estas características podemos situar los cambios de las caretas y los disfraces a partir de la segunda década del siglo XX, cuando varias tiendas se instalaron en el pueblo, vendiendo telas y papel. Nuestros centenarios y nonagenarios expresan que las caretas poseían tales características ya en la década de 1920-1930 y los hijos de Ramón Suárez, como Inés Suárez, han aseverado que pequeños veían a su padre enfrascado en su construcción.

Para la década de 1940 ya el disfraz y la careta estaban completamente definidos. Por entonces, primaban los colores verde y rojo, con el pantalón hasta las rodillas y las mangas hasta los codos y desde allí medias que cubrían el resto de las extremidades. Las caretas representaban los animales de la zona: pico de cotorra, hocico de puerto, boca de caimán, rostro desfigurado y otros que la creatividad popular así lo quisiese.

En la década de 1950 el disfraz comenzó a cambiar: se alargaron los pantalones y las mangas de camisas y se comenzó a utilizar telas de ramos. Así es observable en una fotografía de 1963, cuando Las Cachúas hicieron una presentación en el Estadio Quisqueya, en agosto de ese año. Los finales de la década de 1960 y la de 1970 fue crucial para la evolución de las Cachúas, la tecnología, con la aparición del cine consuetudinario en el pueblo y la televisión, contribuyeron a cambiar las caretas, pues las películas del luchador enmascarado El Santo influenciaron a tal punto, que su careta de tela ceñida al rostro se adoptó como parte del disfraz, siendo adornada con alfileres y gomitas elásticas, así como espejos en los lados de los oídos. Como este tipo de careta no ocultaba ni distorsionaba la voz, siempre se cambiaba el tono, casi siembre en una vocecilla imperceptible, procurando mantener la tradición del Cachúa desconocido, aunque ya sin cachos.

Contemporáneo con la careta vino el uso del traje. Fue en esta etapa que se adoptó una sola manta, muy propio del barrio La Peñuela, para disfrazarse y se forzó y aceptó el uso de cortinas. Ambas eran adornadas por tiras por toda la orilla de la tela y regularmente, en el caso de una sola manta, se combinaba con el pantalón y la careta. Las cortinas dieron origen al estribillo “La cortina de mamá la cojieron pa difrá”, como una burla a los que la utilizaban. Aunque ambos disfraces introdujeron cambios en el tradicional, ambos son productos de la necesidad económica de los cabralenses y su deseo de participar en las fiestas. La manta tenía como destino servir para un pantalón al término de las festividades.

La década de 1980 trajo la aparición de disfraces foráneos, caretas de plástico y caucho, trajes de super héroes, de ninjas y de otras representaciones y se perdió la costumbre del escepticismo del cachúa, que evitaba se le conociera antes del último día de las fiestas. Así, la gente perdió interés por el uso de la careta y comenzó a salir a las calles con el rostro descubierto y con medios disfraz o amarrados a la cintura. Esto generó el estribillo: “Las cachúas sin careta se merecen tre galleta, la cachúa sin disfra se merecen tre patá”. El resultado de esta costumbre es un poco uso de las caretas tradicionales.

Los cambios han continuado en las décadas de 1990 y 2000, principalmente en el disfraz. En la confección de los disfraces se ha comenzado a utilizar telas de brillo masivamente, no se emplea las tiras características ni el vuelo plisado que cubre la cintura y los hombros, cambiando de ser un mameluco enterizo a dos piezas, dividiendo y empequeñeciendo las grandes alas. He observado este tipo de disfraces aun en dirigentes y jefes de grupos de cachúas en el pueblo. 
  "Siempre digo la verdad, incluso cuando hablo mentiras"

Reflexiones sobre Las Cachúas de Cabral.

Foto cortesía de http://www.pedrogenaro.com/.

Por Welnel Darío Féliz 

En los últimos años, grupos, personas y sectores han expresado preocupación por Las Cachúas. Dicha inquietud radica en la supuesta poca inclusión y participación de los habitantes del pueblo de Cabral a la actividad cultural más emblemática e importante del lugar. Se aduce con frecuencia, que ya los adultos no se visten y los jóvenes se han excluido, solo algunas personas suelen ser recurrentes en el evento y, en adición, muchos de los trajes utilizados no responden a la vieja tradición. 

Estas acciones, para muchos, paulatinamente provocarán una disminución drástica en el futuro cercano, que culminará en la desaparición de Las Cachúas; otros hablan de alguna transformación o el reciclaje en otra actividad; tal vez cambios en sus trajes, sus días de festividad, caretas y características. 

La situación que para muchos afecta a Las Cachúas y su posible solución, amerita de reflexiones que permitan comprender los posibles causales de las transformaciones, el alcance las mismas, sus soluciones y efectos. 

Una de las cuestiones que a veces perdemos de perspectiva es el alcance de la cultura. Ella, como expresión humana y social, es necesariamente cambiante. Tal como evoluciona el ser humano así cambia su actuar cultural, se transforma, se recicla, se readacta, incluso, al punto que lo hoy es, mañana puede ser un recuerdo nuboso. Esos cambios, en ocasiones, pueden ser lentos, al punto que pasan desapercibidos, en otros rápidos y notorios. Hace poco menos de veinte años la bachata era un ritmo de los grupos populares; asimismo, en el siglo XIX el Carabiné el ritmo de baile por excelencia, acaso no desapareció casi por completo. Es así que el pueblo mismo culturalmente no es el mismo de hace solo diez años. 

Las propias Cachúas han evolucionado sustancialmente en el decurso del siglo XX. Desde el uso de caretas, los disfraces, hasta los días en que ella se disfrazaba. Solo basta con saber que fue en 1952 cuando se incluyó la visita al cementerio y esa primera visita no se parece en nada a lo que es hoy día. 

Es así que los cambios son normales y hasta necesarios, pues permiten reinventarnos como sociedad. Lo delicado de los cambios en Las Cachúas son sus causales y sus efectos. 

En primer, lugar hay que observar la evolución natural del pueblo, que incluye la emigración de sus munícipes hacia nuevos espacios de vida y supervivencia. Estos movimientos migratorios provocan que la juventud se aleje de los espacios culturales y por ende no los cultive o les interese. Se suma a esto la acentuación de la vieja creencia de que Las Cachúas es una expresión de los barrios marginados, de la pobreza, de allí que aquellos que vivían en el centro del pueblo o los que se consideraban con recursos no participaban en ella. Como la posibilidad de ascenso económico ha cambiado, irradiando todos los sectores, muchos abrazan el criterio excluyente y comienzan a ver a Las Cachúas como propias de los pobres. 

Un efecto arrollador de último tiempo lo constituye el aumento de los concilios religiosos evangélicos y sus numerosos templos. Estos grupos han aglutinado en sus filas cientos, sino miles de jóvenes, a los cuales se les enseña, se les inculca, sin comprensión ni explicación, que Las Cachúas es una actividad pagana, de allí que ninguno puede participar directamente en esa celebración, so pena de un severo castigo. El efecto es una apatía que se prolonga más allá la membrecía religiosa, por lo que cuando el joven o adulto abandona la secta, es muy posible que no participe en las festividades. 

Un elemento fundamental es el efecto del desfile de carnaval del sábado santo. Concebido como un atractivo adicional dentro de Las Cachúas, las carrozas y comparsas han pasado a ser el evento principal, desplazando por completo las festividades cachúas. El resultado es una concentración de la atención en ese evento y el olvido casi total de los otros días y lo que se hace en ellos. Esta situación ha sido potencializada en los últimos años por la visión dada al denominado Comité Organizador del Carnaval de Cabral, el que se abstrae de Las Cachúas. 

Un fenómeno importante que no es exclusivo de Las Cachúas es la capitalización de las festividades. La cultura, en cierta medida, ha pasado a ser ya no una expresión libérrima y espontánea de la mayoría del pueblo, sino que muchos mediatizan su participación al pago que puedan recibir. Como es normal, los conflictos son constantes, así como los reclamos: la reacción es simplemente no participar en nada, no vestirse de Cachúa. 

Ante la oleada de cambios que experimentan Las Cachúas, muchos acuden a una solución: el obsequio de disfraces, caretas y foetes a jóvenes de la comunidad. Esta parecería una solución viable, en la medida en que con la entrega del disfraz se puede tener mayor número de personas en el evento. Sin embargo, sin menoscabo de los sanos objetivos de esta acción, no puede haber peor daño a un evento cultural, pues se mediatiza una participación libérrima a la donación de los implementos que le caracterizan; de allí que necesariamente genera una negativa costumbre, en la cual sin el regalo del disfraz no hay participación: el resultado final es la no inclusión y la merma futura de la inclusión que se perseguía. 

Entonces ¿Qué hacer? Como dijimos, la cultura es inexorablemente cambiante, de allí que habría que buscar mecanismos de adaptación a esos cambios, los que permitan la concienciación sobre el evento y que la sociedad asuma el mismo, no ya como una simple expresión, sino como un símbolo cultural del pueblo, un elemento esencial de identidad. Todo ello traería de la mano un programa paulatino de orientación a nuestros niños, que desde las escuelas les inculque la importancia de un sello identitario y el sostenimiento del mismo. 

Asimismo, Las Cachúas deben ser un medio que permita vender la cultura y que la misma se convierta en fuentes de ingreso para segmentos poblacionales. Es allí que las autoridades municipales deben actuar, ya con impulsar el destino, ya con vender todo el año a Las Cachúas y sus artículos, ya con exaltar su importancia para con el pueblo inmortalizándola en un museo local. Precisamente, un museo sería esencial para impulsar el amor hacia Las Cachúas, pues en él pueden estar reflejados los actores, las creaciones, el pueblo mismo. Es así necesario asociar a Cabral a Las Cachúas: “Cabral, pueblo de las Cachúas”. 

Mientras este plan, esta “estrategia cultural de desarrollo cabraleña” arranca y se materializa, es adecuado tomar medidas inmediatas que permitan la diversificación e inclusión del pueblo. Algunas acciones pueden hacerse, desde colocar a Las Cachúas como el centro del evento el sábado, premiar a los tres mejores disfraces, mejores caretas, mejores Cachúas, asimismo, organizar el domingo algunos eventos: desfiles barriales de Cachúas, competencia en manejo de fuetes y otros eventos. Asimismo, organizar un concurso de confección de caretas, premios a ser entregados durante la Semana Santa. 

En fin es necesario iniciar acciones tendentes a fortalecer la cultura de Las Cachúas, de lo contrario, tiene la tendencia a desaparecer.
“La verdad no es un artículo que se compra y se vende con beneficios” Juan Bosch

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