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Las Cachúas de Cabral: Su evolución histórico-social (2 de 2)

Manuel Heredia, alias Moro, de 22 años, quien falleciera en un accidente de tránsito el 22 de junio de 1951. En su honor se hizo el primer Repique en el Cementerio de Cabral el domingo 13 de abril de 1952.

Por Werner Darío Féliz

En una entrega anterior analizamos la evolución de los disfraces y las caretas de Las Cachúas. En esta explicaremos la evolución de las fechas de celebración y otros elementos particulares.

Aunque en menor proporción, también las fechas y horas de celebración han evolucionado. Hasta 1956 Las Cachúas seguían la costumbre católica de no celebrar actividades sino hasta las diez de la mañana del sábado, de allí que siempre salían a esta hora, después que las campanas de la iglesia anunciaban la resurrección de Jesús, extendiendo la celebración hasta el domingo a la media noche. Pero en este año, tras la disposición papal de celebrar la resurrección a las doce de la media noche del domingo, Las Cachúas no pudieron salir sino a esta última hora.

Pero en ese mismo año ocurrió una situación interesante. Como se celebraba la Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre en ese año, hubo una coincidencia con el desfile del carnaval y como el segundo desviaría la atención, se decidió posponerlo. Pero surgió la problemática que dichos desfiles no podían realizarse durante la cuaresma, optando Trujillo por realizar el carnaval, llamado el Corso Florido, el lunes siguiente al término de la Semana Santa, declarando este día de fiesta y no laborable, correspondiendo al 2 de abril.

Ni tontas ni perezosas, como Las Cachúas habían sido privadas ese mismo año de un día de sus celebraciones, aprovecharon el asueto del lunes para extender su celebración, pasando desde entonces a disfrazarse también el lunes. Entre el 1956 y el 1961 Las Cachúas solo se disfrazaban los domingos y los lunes, pero tras los cambios introducidos y liberados de la influencia de la iglesia y el temor dictatorial, los cabralenses impusieron su cultura y se volvieron a disfrazar los sábados, tal y como lo venían haciendo desde hacía tiempo, pero ya no a las diez de la mañana, sino a las doce de la noche del sábado. Como Las Cachúas dominaban el escenario del pueblo, la propia iglesia la adoptó como tal y cedió sus campanas el sábado no ya para anunciar la resurrección, sino el momento del inicio de las festividades de Las Cachúas: las campanas llamaban al pueblo a disfrazarse.

Por entonces, la apropiación social del término de la Semana Santa que hicieron Las Cachúas, provocaron otros cambios radicales en la celebración, al apropiarse del Judas o júa, para su “quema exclusiva”. Ese Judas era, hasta la muerte de Trujillo, el Judas bíblico. Como en todo el país, el Judas, representado por un muñeco, era ahorcado, vituperado y apedreado por el pueblo, bajado de su patíbulo el sábado, paseado por el pueblo sobre un caballo y luego quemado por el pueblo: estas festividades eran encabezadas por la iglesia y las autoridades. Este judas, según la costumbre, era colocado en una zona cercana al basurero del pueblo, en el Hoyo de los Perros o Los Carrandales, colgado de un árbol.

Pero esa costumbre dio un giro en los últimos años de la década de 1950, principalmente a partir de 1956, cuando se comenzó a quemar a las doce de la noche. Como era obvio, el pueblo de desinteresó y fue así como fue apropiado por Las Cachúas. Después de 1961 ese Judas traidor pasó a ser el judas calié, representativo del delator en el régimen y entonces Las Cachúas le llamó jua y le cantaba: “júa, júa, júa eeeeeeeee” gritando en coro “lo mataron por calié”.

Esa vieja costumbre de amarrarlo en un árbol en los carandales continuó por varios años, aunque se perdió ya en los finales de la década de 1960. Entonces el muñeco representativo del júa era confeccionado el lunes, antes del desfile final y sacado, paseado por el pueblo, sea sobre algún burro o los hombros de alguien y luego quemado en el cementerio, siendo golpeado, vituperado en todo el trayecto.

Ese júa calié, antiguo Judas bíblico ¡ya no se sabe lo que es! Pues es un Cachúa. Desde la década de 1990 se adoptó la modalidad de utilizar el muñeco representativo de Las Cachúas colocado en el pedestal más alto del parque Los Trinitarios, bajarlo de allí con todo y disfraz y careta, pasearlo por el pueblo, golpearlo, vocearle mil vituperios y luego quemarlo, cono todos los implementos de Las Cachúas.

Ese júa calié-cachúa se quema en el cementerio, en una ceremonia de transición entre la vida y la muerte, según la ha definido Dagoberto Tejeda Ortiz. Allí, Las Cachúas se apropian de las tumbas, subiéndose en ellas y realizan repetidos repiqueteos del fuete, homenajeando así a todos los cachúas, que son todos los cabralenses, que han fallecido. Se trata de una hermosísima celebración única en el país, como únicas son Las Cachúas.

Pero no siempre Las Cachúas han ido al cementerio. Hace solo 59 años que ellas iniciaron los homenajes. Todo ocurrió sin proponer que dicho homenaje fuera parte fundamental de las celebraciones. En 1951, un grupo de jóvenes del pueblo, encabezados por Alfredo Féliz, dominaban el escenario de las más temidas Cachúas, encontrándose dentro de ese grupo Manuel Heredia Cuevas (Moro), Yigue y otros. A los pocos meses de pasar las celebraciones, el joven Manuel Heredia, entonces de 22 años, ayudante del camión de Ernesto Urbáez, murió al accidentarse ese vehículo en la carretera Barahona-Azua el 22 de junio de este año. Entonces al año siguiente, 1952, semi embriagados los jóvenes, el domingo 13 de abril se apersonaron en el cementerio, se subieron a la tumba de Moro y le hicieron un repique de fuete en su honor. Aquella tarde se marcó el inicio de los homenajes en el cementerio, el cual se trasladó a los lunes después de 1956.
Alfredo Féliz (Alfredito), extinto Jefe de las Cachúas y pionero junto a su hermano Cano Féliz y otros, quienes  el 13 de abril de 1952 fueron a rendirle tributo a Moro. Esta tradición continúa hasta hoy.

Una integración fundamental que ha percibido las celebraciones es la de los niños y las mujeres. Los niños, hasta la década de 1960, no era muy común que se disfrazaran, pues su miedo les impedía salir de las casas y más bien se escondían debajo de las camas. Las mujeres por su parte, tampoco se disfrazaban y solo comenzaron a hacerlo en la década de 1970, cuando la necesidad de la rifa las obligaba a salir a las calles. Se considera que Belén y Anacelia fueron de las primeras mujeres que andaban de cachúa por las calles del pueblo.

Las Cachúas eran terroríficas, pues inclementes golpeaban con sus foetes a todo aquel que anduviese en las calles sin disfraz, principalmente a las mujeres. Como forma de mantener su dominio, se enfrentaban con los no disfrazados, los civiles, en un pleito campal por el espacio. Pocas veces los civiles han ganado un pleito.

Las Cachúas, desde hace décadas, se han exportado fuera de Cabral y es una festividad que se celebraba en la mayoría de los pueblos sureños, tanto en la costa como en el valle y su presencia es demandada en todos los pueblos del país, como una de las expresiones culturales tradicionales más genuinas de la nación. Constituyen así, un patrimonio cultural del pueblo de Cabral y de la República Dominicana.
"Siempre digo la verdad, incluso cuando hablo mentiras"

Reflexiones sobre Las Cachúas de Cabral.

Foto cortesía de http://www.pedrogenaro.com/.

Por Welnel Darío Féliz 

En los últimos años, grupos, personas y sectores han expresado preocupación por Las Cachúas. Dicha inquietud radica en la supuesta poca inclusión y participación de los habitantes del pueblo de Cabral a la actividad cultural más emblemática e importante del lugar. Se aduce con frecuencia, que ya los adultos no se visten y los jóvenes se han excluido, solo algunas personas suelen ser recurrentes en el evento y, en adición, muchos de los trajes utilizados no responden a la vieja tradición. 

Estas acciones, para muchos, paulatinamente provocarán una disminución drástica en el futuro cercano, que culminará en la desaparición de Las Cachúas; otros hablan de alguna transformación o el reciclaje en otra actividad; tal vez cambios en sus trajes, sus días de festividad, caretas y características. 

La situación que para muchos afecta a Las Cachúas y su posible solución, amerita de reflexiones que permitan comprender los posibles causales de las transformaciones, el alcance las mismas, sus soluciones y efectos. 

Una de las cuestiones que a veces perdemos de perspectiva es el alcance de la cultura. Ella, como expresión humana y social, es necesariamente cambiante. Tal como evoluciona el ser humano así cambia su actuar cultural, se transforma, se recicla, se readacta, incluso, al punto que lo hoy es, mañana puede ser un recuerdo nuboso. Esos cambios, en ocasiones, pueden ser lentos, al punto que pasan desapercibidos, en otros rápidos y notorios. Hace poco menos de veinte años la bachata era un ritmo de los grupos populares; asimismo, en el siglo XIX el Carabiné el ritmo de baile por excelencia, acaso no desapareció casi por completo. Es así que el pueblo mismo culturalmente no es el mismo de hace solo diez años. 

Las propias Cachúas han evolucionado sustancialmente en el decurso del siglo XX. Desde el uso de caretas, los disfraces, hasta los días en que ella se disfrazaba. Solo basta con saber que fue en 1952 cuando se incluyó la visita al cementerio y esa primera visita no se parece en nada a lo que es hoy día. 

Es así que los cambios son normales y hasta necesarios, pues permiten reinventarnos como sociedad. Lo delicado de los cambios en Las Cachúas son sus causales y sus efectos. 

En primer, lugar hay que observar la evolución natural del pueblo, que incluye la emigración de sus munícipes hacia nuevos espacios de vida y supervivencia. Estos movimientos migratorios provocan que la juventud se aleje de los espacios culturales y por ende no los cultive o les interese. Se suma a esto la acentuación de la vieja creencia de que Las Cachúas es una expresión de los barrios marginados, de la pobreza, de allí que aquellos que vivían en el centro del pueblo o los que se consideraban con recursos no participaban en ella. Como la posibilidad de ascenso económico ha cambiado, irradiando todos los sectores, muchos abrazan el criterio excluyente y comienzan a ver a Las Cachúas como propias de los pobres. 

Un efecto arrollador de último tiempo lo constituye el aumento de los concilios religiosos evangélicos y sus numerosos templos. Estos grupos han aglutinado en sus filas cientos, sino miles de jóvenes, a los cuales se les enseña, se les inculca, sin comprensión ni explicación, que Las Cachúas es una actividad pagana, de allí que ninguno puede participar directamente en esa celebración, so pena de un severo castigo. El efecto es una apatía que se prolonga más allá la membrecía religiosa, por lo que cuando el joven o adulto abandona la secta, es muy posible que no participe en las festividades. 

Un elemento fundamental es el efecto del desfile de carnaval del sábado santo. Concebido como un atractivo adicional dentro de Las Cachúas, las carrozas y comparsas han pasado a ser el evento principal, desplazando por completo las festividades cachúas. El resultado es una concentración de la atención en ese evento y el olvido casi total de los otros días y lo que se hace en ellos. Esta situación ha sido potencializada en los últimos años por la visión dada al denominado Comité Organizador del Carnaval de Cabral, el que se abstrae de Las Cachúas. 

Un fenómeno importante que no es exclusivo de Las Cachúas es la capitalización de las festividades. La cultura, en cierta medida, ha pasado a ser ya no una expresión libérrima y espontánea de la mayoría del pueblo, sino que muchos mediatizan su participación al pago que puedan recibir. Como es normal, los conflictos son constantes, así como los reclamos: la reacción es simplemente no participar en nada, no vestirse de Cachúa. 

Ante la oleada de cambios que experimentan Las Cachúas, muchos acuden a una solución: el obsequio de disfraces, caretas y foetes a jóvenes de la comunidad. Esta parecería una solución viable, en la medida en que con la entrega del disfraz se puede tener mayor número de personas en el evento. Sin embargo, sin menoscabo de los sanos objetivos de esta acción, no puede haber peor daño a un evento cultural, pues se mediatiza una participación libérrima a la donación de los implementos que le caracterizan; de allí que necesariamente genera una negativa costumbre, en la cual sin el regalo del disfraz no hay participación: el resultado final es la no inclusión y la merma futura de la inclusión que se perseguía. 

Entonces ¿Qué hacer? Como dijimos, la cultura es inexorablemente cambiante, de allí que habría que buscar mecanismos de adaptación a esos cambios, los que permitan la concienciación sobre el evento y que la sociedad asuma el mismo, no ya como una simple expresión, sino como un símbolo cultural del pueblo, un elemento esencial de identidad. Todo ello traería de la mano un programa paulatino de orientación a nuestros niños, que desde las escuelas les inculque la importancia de un sello identitario y el sostenimiento del mismo. 

Asimismo, Las Cachúas deben ser un medio que permita vender la cultura y que la misma se convierta en fuentes de ingreso para segmentos poblacionales. Es allí que las autoridades municipales deben actuar, ya con impulsar el destino, ya con vender todo el año a Las Cachúas y sus artículos, ya con exaltar su importancia para con el pueblo inmortalizándola en un museo local. Precisamente, un museo sería esencial para impulsar el amor hacia Las Cachúas, pues en él pueden estar reflejados los actores, las creaciones, el pueblo mismo. Es así necesario asociar a Cabral a Las Cachúas: “Cabral, pueblo de las Cachúas”. 

Mientras este plan, esta “estrategia cultural de desarrollo cabraleña” arranca y se materializa, es adecuado tomar medidas inmediatas que permitan la diversificación e inclusión del pueblo. Algunas acciones pueden hacerse, desde colocar a Las Cachúas como el centro del evento el sábado, premiar a los tres mejores disfraces, mejores caretas, mejores Cachúas, asimismo, organizar el domingo algunos eventos: desfiles barriales de Cachúas, competencia en manejo de fuetes y otros eventos. Asimismo, organizar un concurso de confección de caretas, premios a ser entregados durante la Semana Santa. 

En fin es necesario iniciar acciones tendentes a fortalecer la cultura de Las Cachúas, de lo contrario, tiene la tendencia a desaparecer.
“La verdad no es un artículo que se compra y se vende con beneficios” Juan Bosch

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