Mostrando entradas con la etiqueta Opiniones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Opiniones. Mostrar todas las entradas

DOS AÑOS DE GOBIERNO: Danilo Medina y la falsa luna de miel.

Danilo Medina, bien valorado y muy criticado.


Yassír Féliz

Escucho y leo diariamente a importantes analistas e intelectuales sobre la "luna de miel" de Danilo Medina con la sociedad civil y la oposición dominicana. Caramba, nada más falso que eso.

Danilo Medina no ha tenido en estos veinticuatro meses ninguna contemplación ni piedad de parte de sus contrarios; lo que pasa es que lo ha hecho bien. Para ambas cosas, las hemerotecas están ahí.

Aún con este buen gobierno, los críticos no dejan de seguir con sus marañas. Una de las principales características de ataque ha sido orquestar una campaña mediática, muy bien lograda, cuyo fin ha sido acrecentar y ahondar el distanciamiento y la enemistad entre Danilo Medina y Leonel Fernández, pero su plan macabro no ha sido exitoso.

Danilo Medina y Leonel Fernández saben que necesitan el uno del otro para poder construir la sociedad que Juan Bosch soñó, y eso les duele a los opositores que día a día hacen de todo para lograr en el PLD una división peor que la del PRD, pero no lo lograrán.

Ni Danilo Medina ni el PLD han tenido tal "luna de miel". Han tenido que batallar entre arpías, quitacolumnas y verborreros cuyo objetivo único ha sido, es y será ver al Partido de la Liberación Dominicana, Danilo Medina y Leonel Fernández en el ostracismo y relegados al abismo “zafaconístico” de la historia. 

Para desgracia de estos gacetilleros, las sólidas columnas del PLD han sido más fuertes y resistentes que su macabro plan. Al menos (y permítanme parafrasear al inmortal Hugo Chávez de la gloriosa noche del 4 de febrero de 1992) no “por ahora”.
La verdad no es un artículo que se compra y se vende con beneficios” Juan Bosch

La legalización de las drogas.

Las drogas son ilegales porque son dañinas, no son dañinas por ser ilegales.

Por Mábel Féliz Báez.
Tomado de ListínDiario.com

En días pasados leí en el periódico Listín Diario un artículo del periodista Oscar Medina titulado “La laxitud americana”, lo que me motivó a escribir sobre el presente tema.

Durante mi permanencia como presidenta del Consejo Nacional de Drogas participé en varias plenarias de la Oficina de Naciones Unidas Contra la Droga y el Delito, y de la Comisión Interamericana Para el Control del Abuso de Drogas (dependencias de la ONU y la OEA, respectivamente), relativas a la problemática de las drogas y de cómo los Estados deben crear estrategias de reducción de la demanda y la oferta, bajo los principios de integridad y responsabilidad compartida.

En los últimos años se ha intensificado un movimiento global con la idea de legalizar el consumo de drogas, aparentemente con la intención de resolver esa problemática. Para eso argumentan que con la legalización se acabaría con el tráfico ilegal de estupefacientes y el problema de la adicción sería controlable; además sustentan que reduciría el poder del narcotráfico, basados en que la prohibición es la que genera la delincuencia, y ponen como ejemplo el auge de las mafias dedicadas al comercio clandestino del alcohol durante la ley seca en los Estados Unidos y su supuesta desaparición luego de ser abolida dicha ley.

La realidad proyectada de la referida disposición es totalmente falsa, ya que organizaciones ilegales pasaron a ser empresas legales, convirtiéndose en un gran negocio, cada día en crecimiento, no solo entre adultos y jóvenes, sino entre menores de edad, cuyos efectos han sido desbastadores para la salud, pues ha causado enfermedades directas, colaterales y accidentadas de diversas índoles (enfermedades pulmonares, violencia familiar, accidentes automovilísticos, entre otros), lo que sin duda es una muestra de lo que puede ocasionar el alcohol al individuo y a la sociedad.

La Organización Mundial de la Salud suministra estadísticas que expresan que el consumo de alcohol y tabaco son las principales causas de muerte en el mundo. Si esto ocurre con el alcohol y el tabaco, imaginemos qué pasaría con la legalización de drogas prohibidas, cuya potencialización es mucho mayor, desaparecería el delito de narcotráfico y, por tanto, la droga consumida sería legal, pero la adicción no acabaría, por lo que los consumidores perderían la conciencia y la capacidad de razonar, sin calcular los costos de estos consumidores en las calles; tendríamos que cuidar no solo a los enfermos con males no electivos, con el rigor y celeridad debida, sino que tendríamos que cuidar a los enfermos que han elegido su enfermedad: la adicción a las drogas.

Detrás de la legalización hay “sectores” que argumentan que reduciría el poder del narcotráfico a un mínimo, fundamentados en que la prohibición es lo que genera la delincuencia y apoyan la irrestricta libertad individual, haciendo honor a César Lombroso sobre su teoría del libre albedrío del infractor, esto es, que cada uno es libre de drogarse si con ello no afecta a terceros, pero resulta que no vivimos aislados, somos entes sociales, vivimos en sociedad, por tanto, si una persona reduce su capacidad mental y deteriora su organismo, ya está afectando a la sociedad.

Ahora bien, los que abogan por la legalización de las drogas, ¿han analizado el carácter biopsicosocial, económico, político e institucional de los países no desarrollados?, ¿cuentan estos con las estructuras referentes a presupuestos, sistema de salud primaria, personal calificado, para desarrollar plataformas de experimentos que permitan la legalización del consumo de estupefacientes? Los Estados no deben sucumbir frente al poderío de los narcotraficantes, el hecho de que esa actividad ilícita es difícil de controlar, no significa que deban conformarse y dejarla fluir libremente.

¿Acaso crímenes como el homicidio, trata de personas, tráfico de armas, lavado de activos, entre otros, también deberían legalizarse por el simple hecho de que son inevitables y por tanto no hay otra opción? Despenalizar el consumo de drogas es como si los Estados renunciaran a su responsabilidad de garantizarles a los ciudadanos el derecho a la salud.

La posición de la República Dominicana es de cero tolerancia, el país cuenta con estrategias de reducción de la demanda y de la oferta que se enmarcan dentro del Plan Estratégico sobre Drogas, bajo los principios de integridad y responsabilidad compartida.

De ahí que la mejor respuesta a los que quieren la legalización es uno de nuestros slogans del Consejo Nacional de Drogas: “Las drogas son ilegales porque son dañinas, no son dañinas por ser ilegales”.


PD: La autora es catedrática y  jueza del Tribunal Superior Electoral de la República Dominicana.
“La verdad no es un artículo que se compra y se vende con beneficios” Juan Bosch

La bondad y dignidad de los dominicanos.

Una reflexión de la relación de los haitianos y dominicanos.

Por Julio Gómez Féliz 

Siempre existen razones para que los habitantes de un país, incluso las generaciones posteriores, sufran una especie de trauma cultural, moral y sicológico, o bien una especie de resentimiento, de desprecio y odio en contra de los de otro país responsable de en un momento de su historia, haber sufrido los efectos causados por el mancillamiento y la pérdida, breve, provisional o prolongada, de su soberanía, producto de una invasión o intervención armada a su territorio. 

Tal es el caso concreto de los dominicanos en relación al pueblo y la nación haitiana y a los norteamericanos, países éstos que, en épocas diferentes, históricamente fueron autores o responsables de más de una afrentosa invasión armada a nuestro país, como también de la suplantación de nuestra soberanía como estado libre e independiente de esta media isla caribeña del continente americana. 

Recordamos, no sin preocupación pero sin odio, que durante 22 largos años (entre 1822-1844), la nación dominicana a fuerza de pura bayoneta fue subyugada por las fuerzas armadas del vecino Estado haitiano. En tanto que los norteamericanos, a base de su fuerza y el fusil, se embolsillaron nuestra soberanía primero durante ocho (8) años-1916-1924 y en el año 1965, en ocasión de iniciarse el estallido de la poblada y sangrienta revuelta del pueblo dominicano en su intención y determinación de restablecer el gobierno legítimo y constitucional del Presidente Juan Bosch, depuesto por un golpe militar el 25 de septiembre de 1963. 

Si bien es verdad que a causa de tales agravios al paso de los años el pueblo dominicano ha ido paulatinamente olvidando y borrando de su mente las ofensas y los enconos contra los antiguos agresores de su soberanía (los norteamericanos y los vecinos haitianos), que es como decir de su dignidad como nación libre e independiente, no es menos cierto que hoy en día aún perviven y persisten unos sentimientos patrios —no de odio ni de venganza--, producto de tan injustificable actos de transgresión y vulneración de la soberanía de la República Dominicana. Resabios que de forma natural y sin que, al paso de los años, ningún dominicano de manera consciente ni deliberada, los incite y estimule, sí se han venido transmitiendo de generación en generación. Porque indudablemente se trata de sentimientos que, cual llamarada de fuero, arden de forma incesante en el pecho y en la conciencia no sólo de los dominicanos, sino de todo ser humano del mundo. 

Aunque uno como dominicano debe ser sincero en admitir y reconocer que, por lo que se percibe y partiendo del comportamiento que muestran tanto los haitianos como los dominicanos –tanto aquí y en Haití--, al paso de los años se notan cada vez más profundas, más extremas y manifiestas las diferencias y las rivalidades existentes entre los habitantes de los pueblos haitiano y dominicano; no tanto como en el pasado de daban entre dominicanos y norteamericanos. 

Y ello tiene su explicación ciertamente. Los haitianos, posiblemente desde siempre observan y mantienen un comportamiento hostil frente a los dominicanos, bajo la excusa --para nosotros injustificada, no reflexiva y nada racional-- de que frente a ellos y para con ellos, los dominicanos somos esclavistas. Esa es, quizás injustificada y lamentablemente, su principal excusa; la que ellos les han vendido a la opinión pública mundial. 

En otras palabras, culpan ellos a sus vecinos más cercanos, de ser “los responsable ancestrales de todos sus males y de su estado de postración y de pobreza”. En una porción de territorio, donde por desgracia, la Madre Naturaleza (y no los ciudadanos del país dominicano), es y ha mostrado adversa para ellos, y con el cual parece que tampoco ha sido lo necesariamente generosa, como debió ser. 

Incluso, tales lamentos los hermanos haitianos los justifican en el hecho natural de no haber sido ellos los dueños únicos y absolutos de la totalidad del territorio de la Isla Hispañiola, cuya división se generó en hechos históricos que, quienes han estudiado y conocen un poco la historia del continente americano, incluidas las propias Antillas caribeñas – parte de la que ellos y nosotros compartimos en una no agradable y sana vecindad--, lo entienden. Craso error. 

Los hermanos del vecino Haití (con más precisión un sector de su población), en su empeño quizás de mantener un clima de permanente tensión en las relaciones que deben existir entre ambas naciones, siempre hacen alusión al doloroso, injustificable y lamentable hecho de sangre ocurrido el 2 de octubre del año 1937, en el sur, conocida como “la matanza de los haitianos”. Sin embargo, los dominicanos, víctimas en el pasado (de 1822-1844) de una primera y absurda invasión a nuestro territorio, por parte del ejército del entonces conocido como “el Imperio haitiano”, justo cuando los habitantes de Republica Dominicana comenzábamos a disfrutar y ensayar un primer estilo de independencia y de soberanía; misma que se prolongó por veintidós (22) largos años; con toda su secuela de daño. Todo lo cual devino, no sólo en un retroceso para la vida y el orden institucional de la sociedad dominicana en su conjunto, sino también en el aspecto histórico nos provocó una especie de trauma, toda vez que ello devino en un estancamiento en todos los órdenes para el naciente Estado Dominicano: en lo económico, en lo cultural, etc.. 

Pensamos que recordar uno que otro suceso histórico vivido y padecido por un pueblo, como son los sucesos ya referido, en ningún modo ello constituye el reflejo o manifestación de agravios, de ofensa ni de rencor por las generaciones actuales. No obstante, merece recordar que, conforme a los datos registrados en nuestras páginas históricas, en los años 1916 y 1965, la República fue también víctima de por lo menos dos (2) invasión e incursiones armadas, primero por parte de tropas militares norteamericanas; cuyas nefastas secuelas de tal incursión y agresión, al día de hoy los dominicanos las continuamos padeciendo. Y sin embargo, para el pueblo dominicano ello no ha sido motivo para que las generaciones actuales mantengamos actitud alguna de odio y de confrontación con unos y otros. Ni con los haitianos ni contra los americanos. Todo lo contrario. Lo cual refleja madurez y un elevado nivel de conciencia histórica y de asimilación de los avances que experimenta el mundo hoy en día, que nos sugieren asumir la globalización como una realidad inevadible; incluyendo la buena vecindad, la historia, la paz, la solidaridad, la cultura, la economía, el comercio, la educación, etc. 

En realidad uno no se atreve a prever la marcha ni los efectos del tiempo, ni tampoco en prevenir que los hermanos haitianos vean y traten al pueblo dominicano como su (y recíprocamente nuestros) natural y buen vecino; y que obligatoriamente deberemos seguir compartiendo cual dos grandes familias, la misma isla, (nuestra Isla), y que a la vez, ellos y nosotros somos y debemos ser lo que dios el Creador quiso y quiere que seamos: dos buenos y solidarios vecinos. 

PD: El autor es poeta, historiador, periodista y abogado.
“La verdad no es un artículo que se compra y se vende con beneficios” Juan Bosch

QUO VADIS PARTIDO REFORMISTA

El Partido del Gallo Colorao renovará su dirigencia este domingo 26 de enero.

Por Elmer González.

Al observar el espacio ulterior del sistema de asamblea con que se elegirá la dirigencia de la parcela reformista, se establece un curioso panorama de figuras con escalas filosóficas e ideológicas disimiles, que en esta ocasión representarán el Quo Vadis del partido rojo.

Entre esos candidatos hay respetables figuras de diversas áreas que han ocupado posiciones cimeras en la opinión pública y en la estructura política de la nación. 

Al conocer el espectro de los candidatos que optarán por la secretaria general de ese partido surgen las interrogantes: ¿Cuál es la figura política de mayor valoración que tiene el partido del gallo colorao? ¿Cuál es la figura realmente presidenciable? ¿Cuál de los candidatos a la dirigencia garantizaría el desarrollo para levantar al partido del gallo?

La respuesta a esas interrogantes envuelve una gran cantidad de variables presentes y futuras, por lo cual es preciso definir en ese partido un candidato puro que pueda concitar, aglutinar, atraer, y sobre todo insertarse al target que demanda el escenario electoral dominicano en el orden socio político urbano y rural de la actualidad. 

Es tiempo en ese conjunto político, de pensar en prospectiva y en perspectiva cual es la figura más adecuada para impulsar el inusitado entusiasmo en masas silentes e inconformes ciudadanos de otros partidos que han retornado y se han establecido en el último año en el antes alicaído partido del gallo colorao.

En un diagnóstico expreso se puede observar la hoja de vida y el perfil de quien la gran mayoría considera el activo reformista de mayor futuro: Victor (Ito) Bisonó. Joven, político profesional, exitoso congresista, técnico, valiente y frontal. 

Victor (Ito) Bisonó, diputado y aspirante a la Secretaría General del PRSC.

Verdaderamente en el catálogo de figuras que se medirán el próximo 26 de enero, sobresale el joven congresista Victor (Ito) Bisonó, quien actualmente se constituye en la figura más fresca y digerible del partido rojo y quizás el de menor rechazo de toda la política dominicana. 

Ito Bisonó, es una especie de reactor de simpatías en todas las latitudes. De figura potable e imagen mercadológica jovial envuelta en un gran carácter, con visión objetiva del futuro de su partido y de la política. 

Quizás es el gran opositor en los casos de corrupción en los tres primeros lustros del nuevo milenio; es quien ha desechado y rechazado secuencialmente la falta de honradez y la desproporción económica de los tres últimos gobiernos. 

Algo que lo favorece, es que sin dudas, ha sido el estandarte que representa al máximo la oposición a la corrupción de esos gobiernos desde su partido, ya que es el único que abiertamente la ha hecho. Además, de ser elegido Secretario General, tendría asegurada una militancia cautiva de la población masculina y femenina, joven o adulta de cualquier lugar de la geografía. 

Sin variación, tiene un cuarto de siglo trabajando las bases y la estoica juventud reformista, por lo que posee la mayor potabilidad a lo interno de las bases y la mayor aceptación a lo externo. 

No tiene taza de rechazo, y por su verticalidad y libertad de compromisos, representa la figura que puede generar una profilaxis natural en el partido y en el país, como así lo ha requerido en las últimas décadas la percepción propia de la población.

Es conservador, gerente y en su trabajo político y congresual ha demostrado solidaridad y presencia con adeptos y militantes de cualquier partido. Posee una hoja moral de vida que es incuestionable y en ese sentido aventaja a todos los demás presidenciables del país. 

Posee presencia nacional y un inventario de capacidades expresado en un perfil como político global es resulta avasallador en sus competidores. Tiene la ventaja de tener la excelente habilidad negociadora para los verdaderos intereses reformistas. Esto permitiría reencauzar en futuras décadas los vectores de esa organización.

Su elección como Secretario General de ese partido puede permitir la redefinición experimental de una campaña sin adherencias malsanas con otros partidos y lograr un sistema de captación de militantes depurados, de mayor eficiencia política y producir un porcentaje electoral competitivo que podría resultar de un gran éxito aún insospechado en el partido rojo, para la contienda del 2016.

ELMER GONZALEZ, Arqto. Ma. E.S. Vice Presidente SARD-FCAA Académico. Ensayista.
 “La verdad no es un artículo que se compra y se vende con beneficios” Juan Bosch

"El enigma de los dos Chávez"

 
Al conmemorarse hoy el primer mes del fallecimiento del presidente Hugo Chávez, compartimos con ustedes el artículo que escribiera unas semanas antes de que el líder bolivariano asumiera el poder, en 1999, el escritor colombiano Gabriel García Márquez, quién se lo encontró en Cuba y escribió un perfil de quien sería el presidente de Venezuela por 14 años.

Por Gabriel García Márquez

Carlos Andrés Pérez descendió al atardecer del avión que lo llevó de Davos, Suiza, y se sorprendió de ver en la plataforma al general Fernando Ochoa Antich, su ministro de Defensa. “¿Qué pasa?”, le preguntó intrigado. El ministro lo tranquilizó, con razones tan confiables, que el presidente no fue al Palacio de Miraflores sino a la residencia presidencial de La Casona. Empezaba a dormirse cuando el mismo ministro de Defensa lo despertó por teléfono para informarle de un levantamientio militar en Maracay. Había entrado apenas en Miraflores cuando estallaron las primeras cargas de artillería. 

Era el 4 de febrero de 1992. El coronel Hugo Chávez Frías, con su culto sacramental de las fechas históricas, comandaba el asalto desde su puesto de mando improvisado en el Museo Histórico de La Planicie. El Presidente comprendió entonces que su único recurso estaba en el apoyo popular, y se fue a los estudios de Venevisión para hablarle al país. Doce horas después el golpe militar estaba fracasado. Chávez se rindió, con la condición de que también a él le permitieran dirigirse al pueblo por la televisión. El joven coronel criollo, con la boina de paracaidista y su admirable facilidad de palabra, asumió la responsabilidad del movimiento. Pero su alocución fue un triunfo político. Cumplió dos años de cárcel hasta que fue amnistiado por el presidente Rafael Caldera. Sin embargo, muchos partidarios como no pocos enemigos han creído que el discurso de la derrota fue el primero de la campaña electoral que lo llevó a la presidencia de la República menos de nueve años después. 

El presidente Hugo Chávez Frías me contaba esta historia en el avión de la Fuerza Aérea Venezolana que nos llevaba de La Habana a Caracas, hace dos semanas, a menos de quince días de su posesión como presidente constitucional de Venezuela por elección popular. Nos habíamos conocido tres días antes en La Habana, durante su reunión con los presidentes Castro y Pastrana, y lo primero que me impresionó fue el poder de su cuerpo de cemento armado. Tenía la cordialidad inmediata, y la gracia criolla de un venezolano puro. Ambos tratamos de vernos otra vez, pero no nos fue posible por culpa de ambos, así que nos fuimos juntos a Caracas para conversar de su vida y milagros en el avión. 

Fue una buena experiencia de reportero en reposo. A medida que me contaba su vida iba yo descubriendo una personalidad que no correspondía para nada con la imagen de déspota que teníamos formada a través de los medios. Era otro Chávez. ¿Cuál de los dos era el real? 

El argumento duro en su contra durante la campaña había sido su pasado reciente de conspirador y golpista. Pero la historia de Venezuela ha digerido a más de cuatro. Empezando por Rómulo Betancourt, recordado con razón o sin ella como el padre de la democracia venezolana, que derribó a Isaías Medina Angarita, un antiguo militar demócrata que trataba de purgar a su país de los treintiséis años de Juan Vicente Gómez. A su sucesor, el novelista Rómulo Gallegos, lo derribó el general Marcos Pérez Jiménez, que se quedaría casi once años con todo el poder. Éste, a su vez, fue derribado por toda una generación de jóvenes demócratas que inauguró el período más largo de presidentes elegidos. 

El golpe de febrero parece ser lo único que le ha salido mal al coronel Hugo Chávez Frías. Sin embargo, él lo ha visto por el lado positivo como un revés providencial. Es su manera de entender la buena suerte, o la inteligencia, o la intuición, o la astucia, o cualquiera cosa que sea el soplo mágico que ha regido sus actos desde que vino al mundo en Sabaneta, estado Barinas, el 28 de julio de 1954, bajo el signo del poder: Leo. Chávez, católico convencido, atribuye sus hados benéficos al escapulario de más de cien años que lleva desde niño, heredado de un bisabuelo materno, el coronel Pedro Pérez Delgado, que es uno de sus héroes tutelares. 

Sus padres sobrevivían a duras penas con sueldos de maestros primarios, y él tuvo que ayudarlos desde los nueve años vendiendo dulces y frutas en una carretilla. A veces iba en burro a visitar a su abuela materna en Los Rastrojos, un pueblo vecino que les parecía una ciudad porque tenía una plantita eléctrica con dos horas de luz a prima noche, y una partera que lo recibió a él y a sus cuatro hermanos. Su madre quería que fuera cura, pero sólo llegó a monaguillo y tocaba las campanas con tanta gracia que todo el mundo lo reconocía por su repique. “Ese que toca es Hugo”, decían. Entre los libros de su madre encontró una enciclopedia providencial, cuyo primer capítulo lo sedujo de inmediato: Cómo triunfar en la vida. 

Era en realidad un recetario de opciones, y él las intentó casi todas. Como pintor asombrado ante las láminas de Miguel Angel y David, se ganó el primer premio a los doce años en una exposición regional. Como músico se hizo indispensable en cumpleaños y serenatas con su maestría del cuatro y su buena voz. Como beisbolista llegó a ser un catcher de primera. La opción militar no estaba en la lista, ni a él se le habría ocurrido por su cuenta, hasta que le contaron que el mejor modo de llegar a las grandes ligas era ingresar en la academia militar de Barinas. Debió ser otro milagro del escapulario, porque aquel día empezaba el plan Andrés Bello, que permitía a los bachilleres de las escuelas militares ascender hasta el más alto nivel académico. 

Estudiaba ciencias políticas, historia y marxismo al leninismo. Se apasionó por el estudio de la vida y la obra de Bolívar, su Leo mayor, cuyas proclamas aprendió de memoria. Pero su primer conflicto consciente con la política real fue la muerte de Allende en septiembre de 1973. Chávez no entendía. ¿Y por qué si los chilenos eligieron a Allende, ahora los militares chilenos van a darle un golpe? Poco después, el capitán de su compañía le asignó la tarea de vigilar a un hijo de José Vicente Rangel, a quien se creía comunista. “Fíjate las vueltas que da la vida”, me dice Chávez con una explosión de risa. “Ahora su papá es mi canciller”. Más irónico aún es que cuando se graduó recibió el sable de manos del presidente que veinte años después trataría de tumbar: Carlos Andrés Pérez. 

“Además”, le dije, “usted estuvo a punto de matarlo”. “De ninguna manera”, protestó Chávez. “La idea era instalar una asamblea constituyente y volver a los cuarteles”. Desde el primer momento me había dado cuenta de que era un narrador natural. Un producto íntegro de la cultura popular venezolana, que es creativa y alborazada. Tiene un gran sentido del manejo del tiempo y una memoria con algo de sobrenatural, que le permite recitar de memoria poemas de Neruda o Whitman, y páginas enteras de Rómulo Gallegos. 

Desde muy joven, por casualidad, descubrió que su bisabuelo no era un asesino de siete leguas, como decía su madre, sino un guerrero legendario de los tiempos de Juan Vicente Gómez. Fue tal el entusiasmo de Chávez, que decidió escribir un libro para purificar su memoria. Escudriñó archivos históricos y bibliotecas militares, y recorrió la región de pueblo en pueblo con un morral de historiador para reconstruir los itinerarios del bisabuelo por los testimonios de sus sobrevivientes. Desde entonces lo incorporó al altar de sus héroes y empezó a llevar el escapulario protector que había sido suyo. 

Uno de aquellos días atravesó la frontera sin darse cuenta por el puente de Arauca, y el capitán colombiano que le registró el morral encontró motivos materiales para acusarlo de espía: llevaba una cámara fotográfica, una grabadora, papeles secretos, fotos de la región, un mapa militar con gráficos y dos pistolas de reglamento. Los documentos de identidad, como corresponde a un espía, podían ser falsos. La discusión se prolongó por varias horas en una oficina donde el único cuadro era un retrato de Bolívar a caballo. “Yo estaba ya casi rendido, –me dijo Chávez–, pues mientras más le explicaba menos me entendía”. Hasta que se le ocurrió la frase salvadora: “Mire mi capitán lo que es la vida: hace apenas un siglo éramos un mismo ejército, y ése que nos está mirando desde el cuadro era el jefe de nosotros dos. ¿Cómo puedo ser un espía?”. El capitán, conmovido, empezó a hablar maravillas de la Gran Colombia, y los dos terminaron esa noche bebiendo cerveza de ambos países en una cantina de Arauca. A la mañana siguiente, con un dolor de cabeza compartido, el capitán le devolvió a Chávez sus enseres de historiador y lo despidió con un abrazo en la mitad del puente internacional. 

“De esa época me vino la idea concreta de que algo andaba mal en Venezuela”, dice Chávez. Lo habían designado en Oriente como comandante de un pelotón de trece soldados y un equipo de comunicaciones para liquidar los últimos reductos guerrilleros. Una noche de grandes lluvias le pidió refugio en el campamento un coronel de inteligencia con una patrulla de soldados y unos supuestos guerrilleros acabados de capturar, verdosos y en los puros huesos. Como a las diez de la noche, cuando Chávez empezaba a dormirse, oyó en el cuarto contiguo unos gritos desgarradores. “Era que los soldados estaban golpeando a los presos con bates de béisbol envueltos en trapos para que no les quedaran marcas”, contó Chávez. Indignado, le exigió al coronel que le entregara los presos o se fuera de allí, pues no podía aceptar que torturara a nadie en su comando. “Al día siguiente me amenazaron con un juicio militar por desobediencia, –contó Chávez– pero sólo me mantuvieron por un tiempo en observación”. 

Pocos días después tuvo otra experiencia que rebasó las anteriores. Estaba comprando carne para su tropa cuando un helicóptero militar aterrizó en el patio del cuartel con un cargamento de soldados mal heridos en una emboscada guerrillera. Chávez cargó en brazos a un soldado que tenía varios balazos en el cuerpo. “No me deje morir, mi teniente…”, le dijo aterrorizado. Apenas alcanzó a meterlo dentro de un carro. Otros siete murieron. Esa noche, desvelado en la hamaca, Chávez se preguntaba: “¿Para qué estoy yo aquí? Por un lado campesinos vestidos de militares torturaban a campesinos guerrilleros, y por el otro lado campesinos guerrilleros mataban a campesinos vestidos de verde. A estas alturas, cuando la guerra había terminado, ya no tenía sentido disparar un tiro contra nadie”. Y concluyó en el avión que nos llevaba a Caracas: “Ahí caí en mi primer conflicto existencial”. 

Al día siguiente despertó convencido de que su destino era fundar un movimiento. Y lo hizo a los veintitrés años, con un nombre evidente: Ejército bolivariano del pueblo de Venezuela. Sus miembros fundadores: cinco soldados y él, con su grado de subteniente. “¿Con qué finalidad?”, le pregunté. Muy sencillo, dijo él: “con la finalidad de prepararnos por si pasa algo”. Un año después, ya como oficial paracaidista en un batallón blindado de Maracay, empezó a conspirar en grande. Pero me aclaró que usaba la palabra conspiración sólo en su sentido figurado de convocar voluntades para una tarea común. 

Esa era la situación el 17 de diciembre de 1982 cuando ocurrió un episodio inesperado que Chávez considera decisivo en su vida. Era ya capitán en el segundo regimiento de paracaidistas, y ayudante de oficial de inteligencia. Cuando menos lo esperaba, el comandante del regimiento, Ángel Manrique, lo comisionó para pronunciar un discurso ante mil doscientos hombres entre oficiales y tropa. 

A la una de la tarde, reunido ya el batallón en el patio de fútbol, el maestro de ceremonias lo anunció. “¿Y el discurso?”, le preguntó el comandante del regimiento al verlo subir a la tribuna sin papel. “Yo no tengo discurso escrito”, le dijo Chávez. Y empezó a improvisar. Fue un discurso breve, inspirado en Bolívar y Martí, pero con una cosecha personal sobre la situación de presión e injusticia de América Latina transcurridos doscientos años de su independencia. Los oficiales, los suyos y los que no lo eran, lo oyeron impasibles. Entre ellos los capitanes Felipe Acosta Carle y Jesús Urdaneta Hernández, simpatizantes de su movimiento. El comandante de la guarnición, muy disgustado, lo recibió con un reproche para ser oído por todos: 

“Chávez, usted parece un político”. “Entendido”, le replicó Chávez. 

Felipe Acosta, que medía dos metros y no habían logrado someterlo diez contendores, se paró de frente al comandante, y le dijo: “Usted está equivocado, mi comandante. Chávez no es ningún político. Es un capitán de los de ahora, y cuando ustedes oyen lo que él dijo en su discurso se mean en los pantalones”. 

Entonces el coronel Manrique puso firmes a la tropa, y dijo: “Quiero que sepan que lo dicho por el capitán Chávez estaba autorizado por mí. Yo le di la orden de que dijera ese discurso, y todo lo que dijo, aunque no lo trajo escrito, me lo había contado ayer”. Hizo una pausa efectista, y concluyó con una orden terminante: “¡Que eso no salga de aquí!”. 

Al final del acto, Chávez se fue a trotar con los capitanes Felipe Acosta y Jesús Urdaneta hacia el Samán del Guere, a diez kilómetros de distancia, y allí repitieron el juramento solemne de Simón Bolívar en el monte Aventino. “Al final, claro, le hice un cambio”, me dijo Chávez. En lugar de “cuando hayamos roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español”, dijeron: “Hasta que no rompamos las cadenas que nos oprimen y oprimen al pueblo por voluntad de los poderosos”. 

Desde entonces, todos los oficiales que se incorporaban al movimiento secreto tenían que hacer ese juramento. La última vez fue durante la campaña electoral ante cien mil personas. Durante años hicieron congresos clandestinos cada vez más numerosos, con representantes militares de todo el país. “Durante dos días hacíamos reuniones en lugares escondidos, estudiando la situación del país, haciendo análisis, contactos con grupos civiles, amigos. “En diez años -me dijo Chávez- llegamos a hacer cinco congresos sin ser descubiertos”. 

A estas alturas del diálogo, el Presidente rió con malicia, y reveló con una sonrisa de malicia: “Bueno, siempre hemos dicho que los primeros éramos tres. Pero ya podemos decir que en realidad había un cuarto hombre, cuya identidad ocultamos siempre para protegerlo, pues no fue descubierto el 4 de febrero y quedó activo en el Ejército y alcanzó el grado de coronel. Pero estamos en 1999 y ya podemos revelar que ese cuarto hombre está aquí con nosotros en este avión”. Señaló con el índice al cuarto hombre en un sillón apartado, y dijo: “¡El coronel Badull!”. 

De acuerdo con la idea que el comandante Chávez tiene de su vida, el acontecimiento culminante fue El Caracazo, la sublevación popular que devastó a Caracas. Solía repetir: “Napoleón dijo que una batalla se decide en un segundo de inspiración del estratega”. A partir de ese pensamiento, Chávez desarrolló tres conceptos: uno, la hora histórica. El otro, el minuto estratégico. Y por fin, el segundo táctico. “Estábamos inquietos porque no queríamos irnos del Ejército”, decía Chávez. “Habíamos formado un movimiento, pero no teníamos claro para qué”. Sin embargo, el drama tremendo fue que lo que iba a ocurrir ocurrió y no estaban preparados. “Es decir –concluyó Chávez– que nos sorprendió el minuto estratégico”. 

Se refería, desde luego, a la asonada popular del 27 de febrero de 1989: El Caracazo. Uno de los más sorprendidos fue él mismo. Carlos Andrés Pérez acababa de asumir la presidencia con una votación caudalosa y era inconcebible que en veinte días sucediera algo tan grave. “Yo iba a la universidad a un posgrado, la noche del 27, y entro en el fuerte Tiuna en busca de un amigo que me echara un poco de gasolina para llegar a la casa”, me contó Chávez minutos antes de aterrizar en Caracas. “Entonces veo que están sacando las tropas, y le pregunto a un coronel: ¿Para dónde van todos esos soldados? Porque qué sacaban los de Logística que no están entrenados para el combate, ni menos para el combate en localidades. Eran reclutas asustados por el mismo fusil que llevaban. Así que le pregunto al coronel: ¿Para dónde va ese pocotón de gente? . Y el coronel me dice: A la calle, a la calle. La orden que dieron fue esa: hay que parar la vaina como sea, y aquí vamos. Dios mío, ¿pero qué orden les dieron?. Bueno Chávez, me contesta el coronel: la orden es que hay que parar esta vaina como sea. Y yo le digo: Pero mi coronel, usted se imagina lo que puede pasar. Y él me dice: Bueno, Chávez, es una orden y ya no hay nada qué hacer. Que sea lo que Dios quiera. 

Chávez dice que también él iba con mucha fiebre por un ataque de rubéola, y cuando encendió su carro vio un soldadito que venía corriendo con el casco caído, el fusil guindando y la munición desparramada. “Y entonces me paro y lo llamo”, dijo Chávez. “Y él se monta, todo nervioso, sudado, un muchachito de 18 años. Y yo le pregunto: Ajá, ¿y para dónde vas tú corriendo así? No, dijo él, es que me dejó el pelotón, y allí va mi teniente en el camión. Lléveme, mi mayor, lléveme. Y yo alcanzo el camión y le pregunto al que los lleva: ¿Para dónde van? Y él me dice: Yo no sé nada. Quién va a saber, imagínese”. Chávez toma aire y casi grita ahogándose en la angustia de aquella noche terrible: “Tú sabes, a los soldados tú los mandas para la calle, asustados, con un fusil, y quinientos cartuchos, y se los gastan todos. Barrían las calles a bala, barrían los cerros, los barrios populares. ¡Fue un desastre! Así fue: miles, y entre ellos Felipe Acosta”. “Y el instinto me dice que lo mandaron a matar”, dice Chávez. “Fue el minuto que esperábamos para actuar”. Dicho y hecho: desde aquel momento empezó a fraguarse el golpe que fracasó tres años después. 

El avión aterrizó en Caracas a las tres de la mañana. Vi por la ventanilla la ciénaga de luces de aquella ciudad inolvidable donde viví tres años cruciales de Venezuela que lo fueron también para mi vida. El presidente se despidió con su abrazo caribe y una invitación implícita: “Nos vemos aquí el 2 de febrero”. Mientras se alejaba entre sus escoltas de militares condecorados y amigos de la primera hora, me estremeció la inspiración de que había viajado y conversado a gusto con dos hombres opuestos. Uno a quien la suerte empedernida le ofrecía la oportunidad de salvar a su país. Y el otro, un ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota más. 
“La verdad no es un artículo que se compra y se vende con beneficios” Juan Bosch

El PRD en el pasado.

"Es curioso observar que figuras que hoy son partes importantes de la actual crisis, jugaron también roles importantes en las crisis y divisiones del 1973, en la del 1988 y en la del 2003."

Por Antonio Garabito Ramírez

El partido Revolucionario Dominicano, organización política que fue fundada en Enero del año 1939 por un puñado de dominicanos exiliados en Cuba, ha sido objeto de varias crisis internas, algunas de las cuales han terminado con fraccionamientos que han impedido que dicha organización cumpla con el objetivo primario de cualquier partido político; que es la toma del poder. 

En la era democrática, es decir después del derrocamiento de la tiranía de Trujillo, el partido blanco ha sufrido tres grandes divisiones; la primera se produjo en diciembre del año 1973, la cual trajo como consecuencia la salida de sus filas de quien fuera uno sus fundadores y líder fundamental en la época, el Profesor Juan Bosch. En el 1988 se produjo otra gran división con la salida del Licenciado Jacobo Majluta, figura que había jugado roles importantes en la vida de esa organización y en la administración pública, debido a que había sido Senador de la República y presidente del Senado, vicepresidente de la República y Candidato presidencial de dicho partido en año 1986; mientras que en el año 2003 se produjo la última gran división del partido blanco, con la salida de sus filas de una de sus figuras más emblemáticas, el Licenciado Hatuey Decamps Jiménez, a la sazón presidente del partido de Peña Gómez. 

Todas y cada una de esas divisiones han dado al traste con las posibilidades de éxito en diferentes coyunturas electorales para ese partido; la división del 1973 produjo un gran debilitamiento que impidió participar con éxito en las elecciones de 1974, puesto que el referido fraccionamiento se produjo a la puerta de dicho proceso electoral; la división de 1988, fue resultado de la crisis que se generó con los resultados de la convención del año 1985, en la que participaron Jacobo Majluta y Peña Gómez, que a su vez provocó la derrota del año 1986 y consecuentemente la salida del poder del partido de “la esperanza nacional”. La división del año 2003 contribuyó a la derrota del 2004 y a la salida del poder en condiciones deplorables del partido. 

En la actualidad, el legendario PRD, el partido “más democrático del país” se encuentra inmerso en otra crisis interna que lo tiene a la puerta de otra gran división; crisis que ya imposibilitó que dicha organización catalizara las aspiraciones de amplios segmentos de la sociedad dominicana de producir un cambio del equipo de hombres y mujeres que estaba al frente de la cosa pública; hastiado de un gobierno de simuladores y disimuladores que arrabalizaron la administración pública, provocándole una daño moral y económico a la sociedad de consecuencias insospechadas. 

No hay que ser un gran analista para concluir en el hecho cierto de que el liderazgo del PRD ha sido históricamente incapaz de ubicar sus posiciones y ambiciones personales por debajo de las aspiraciones colectivas del partido y del pueblo dominicano. Con la agravante de que ese liderazgo no ha logrado aprender la lesión de esa historia nefasta, lo que indica claramente que no ha evolucionado políticamente, ni generacionalmente. Es curioso observar que figuras que hoy son partes importantes de la actual crisis, jugaron también roles importantes en las crisis y divisiones del 1973, en la del 1988 y en la del 2003; razón por la cual en la comedia del PRD de hoy solo ha cambiado el tiempo, pero el escenario es el mismo y con iguales actores, lo que da lugar a que los errores sean los mismos. 

No ha entendido ese viejo liderazgo que la sociedad cambió, que las circunstancias cambiaron, que las necesidades cambiaron, que los problemas son otros. Hoy la violencia no es ideológica, no es del gobierno contra el pueblo; es de la sociedad en contra de la sociedad. Hoy la tecnología rompió con el monopolio de la información y el PRD se queda sin respuestas. 

Ese no es el partido que la sociedad de hoy quiere y necesita; esa sociedad que ha visto crecer su clase media, que tiene acceso a la información, que quiere un partido que tenga la capacidad de organizarse de forma tal que pueda renovar su liderazgo sin traumas; un partido que pueda darle respuesta satisfactoria a los grandes males que afectan la sociedad, que pueda parir un liderazgo con más visión y menos ambición, un liderazgo tolerante ante el talento de sus compañeros y que se torne elástico en las confrontaciones, a los fines de procurar salidas inteligentes y sobre todo un liderazgo con la capacidad de cohabitar.

PD: El Autor es SECRETARIO GENERAL del PRD en Cabral, Barahona, R.D. 
“La verdad no es un artículo que se compra y se vende con beneficios” Juan Bosch

Chukunaky.blogspot.com ©2005. Todos los derechos reservados. CABRALEÑO, LAGUNERO Y VIEJAQUERO es un medio informativo. No nos hacemos responsables de las opiniones de nuestros articulistas, siendo éstas propiedad única y exclusiva de sus respectivos autores; por lo tanto, las opiniones expresadas en los artículos o noticias no necesariamente reflejan las opiniones del blog ni de su Administrador.