Cuando recibes un elogio por el trabajo realizado, por tus relaciones, por la manera de comportarte, por tus logros, por tu forma de ser, debes darle las gracias al creador de todas las cosas. Porque eres como eres para la gloria de Él. Tus dones, talentos, habilidades y destrezas, son tesoros que Dios te ha entregado para que los uses para su gloria.
No debemos olvidarnos de eso. Por más encumbrado que te encuentres, por más gloria que te den aquí en la tierra por tus triunfos, por más lauros que recibas, no debes dejar de darle la honra y gloria a tu padre. Sin Él, eres hueco, sin esencia, sin virtud. Sin Él, la gloria se desvanece. El hollín, corrompe, pues todo lo terrenal es temporal.
Así, cuando los laureles te cubran por la gloria de los hombres, la gloria de Dios te cubrirá con los deleites celestiales. Todo honor, que esté lleno de alabanzas, que reconozcamos nuestra debilidad, que reconozcamos nuestra necesidad de su presencia para obtener la victoria de nuestros propósitos.
A Él sea la gloria, reconozcámoslo en todos nuestros caminos, aceptemos su victoria usándonos como obreros de su causa. Declarémonos labradores de su sembradío, aceptemos su poder en nuestras vidas. Que si recibimos galardón, no somos los protagonistas, somos apenas obreros en la gran obra suprema e infinita de nuestro Padre Celestial.
Así pues, no importa el galardón que estemos recibiendo, no importa la supremacía que le den a nuestras obras, lo que realmente merece santo galardón supremo es que todo, absolutamente todo, es para la gloria suprema de nuestro Creador.
No debemos olvidarnos de eso. Por más encumbrado que te encuentres, por más gloria que te den aquí en la tierra por tus triunfos, por más lauros que recibas, no debes dejar de darle la honra y gloria a tu padre. Sin Él, eres hueco, sin esencia, sin virtud. Sin Él, la gloria se desvanece. El hollín, corrompe, pues todo lo terrenal es temporal.
Así, cuando los laureles te cubran por la gloria de los hombres, la gloria de Dios te cubrirá con los deleites celestiales. Todo honor, que esté lleno de alabanzas, que reconozcamos nuestra debilidad, que reconozcamos nuestra necesidad de su presencia para obtener la victoria de nuestros propósitos.
A Él sea la gloria, reconozcámoslo en todos nuestros caminos, aceptemos su victoria usándonos como obreros de su causa. Declarémonos labradores de su sembradío, aceptemos su poder en nuestras vidas. Que si recibimos galardón, no somos los protagonistas, somos apenas obreros en la gran obra suprema e infinita de nuestro Padre Celestial.
Así pues, no importa el galardón que estemos recibiendo, no importa la supremacía que le den a nuestras obras, lo que realmente merece santo galardón supremo es que todo, absolutamente todo, es para la gloria suprema de nuestro Creador.
"Siempre digo la verdad, incluso cuando hablo mentiras"
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