Angel –Liberata- Féliz

Biografía de un héroe olvidado.

Nativo de Rincón, hoy Cabral. Su madre se llamaba Liberata y de ahí se deriva el apodo de Ángel Liberata o Angelito Liberata. Célebre y prestigioso hombre de armas de las comarcas del Sur profundo. Dueño de cañaverales y trapiches. Seguidor de Santana, bajo cuya suprema jefatura fue a los campos de batalla en tiempos de la lucha por la independencia. Tenía grado de teniente coronel.

Bajo la anexión fue designado Comandante de Armas de Barahona, pero pocos días después de empezar las sublevaciones en el Sur, en septiembre de 1863, pronunció a Neyba y a Barahona. Era el comandante de armas de Neyba en noviembre de 1863. Cuando vino la embestida en gran escala de los españoles, al no poder los patriotas seguir con el control de la plaza de Barahona, Féliz ordenó el incendio de la ciudad y los españoles la encontraron envuelta en llamas. Entre las anécdotas originadas en este legendario personaje, Sócrates Nolasco recoge en sus Viejas Memorias, una muy digna de contarse. El 8 de febrero de 1864, dos barcos españoles: “León” e “Isabel la Católica”, desde la bahía de Neyba, sometían a un efectivo cañoneo a las tropas de El Liberata, sin que los artilleros dominicanos lograran hacerle blanco a ninguno de los barcos. En esas circunstancias, Simeón, hijo del general Féliz, le hizo saber a éste que uno de dos espías tomados prisioneros en la víspera en las inmediaciones de El Curro, demarcación de Azua, era artillero.

El Liberata los hizo traer a su presencia, empezó por fusilar a uno, que era español y le propuso un trato al restante, que era dominicano, llamado Nicolás Ramón, emparentado, por demás, con el general Féliz. Pariente, le dijo el general ante el cadáver caliente aún del español, usted le puede hacer falta a su compañero..., pero en pago de un cañonazo a cualquiera de esos dos barcos, yo le perdono la vida. Dice el relato que Ramón el prisionero guardó silencio, caminó hacia donde estaba la pieza, corrigió el emplazamiento y la puntería y con dos certeros disparos al Isabel la Católica, hizo que las dos naves se fueran de la bahía. El artillero se ganó la vida y se convirtió en patriota. Pero las fuerzas nacionales no pudieron contener el avance de los españoles en el Sur y en medio de la derrota, encontró su fin el general Ángel Féliz. Corría el mes de diciembre de 1863, y después de resistir valientemente hasta consumir todas las municiones, El Liberata caminaba solo por las calientes soledades del puesto cantonal de Petit-Trou, hoy Enriquillo. Lo atacaron a mansalva
y cayó gravemente herido.

Sus agresores lo dieron por muerto y huyeron. Tres monteros de la zona encontraron a Féliz en agonía y al preguntarle al general quiénes habían sido los autores de aquel acto, al célebre guerrero, ya moribundo, apenas le quedaron fuerzas para balbucear los nombres de dos reconocidos agentes de los españoles: Pedro Mártir y Remigio Carrasco, fueron los asesinos.


"Siempre digo la verdad, incluso cuando hablo mentiras"

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